{Escrito con motivo del Tsunami en el Índico, nº 10 de Vicaro}
“Nunca había visto una legaña semejante, y dudo que vuelva a encontrarme una igual. Lo extraño en ella no era el tamaño, que era mayúsculo, sino la pigmentación. Era completamente blanca. De un blanco eléctrico, radiactivo.
El portador de la legaña era un recién conocido en aquel entonces, y un viejo amigo ahora. Me ahorro el nombre porque aunque no habla español y no entendería lo que escribo, es un tipo que, al igual que yo, invierte parte de su tiempo en buscarse a sí mismo en Internet.
Aquella mañana estábamos en una universidad inglesa y yo le explicaba algo, tratando en vano que su legaña no capturase toda mi atención. Me imaginaba aquella legaña con boca y ojos, susurrándome... ‘Carlos… Carlos…’ Es difícil centrarse en algo cuando una legaña te habla, créeme, y más tratándose de una legaña de tan extraordinarias características.”
Así comenzaba el relato que había empezado a escribir para este número, una nueva historia autobiográfica de aventuras :) que probablemente nunca vea la luz, para alegría y regocijo de la gente a la que obligo a leer lo que escribo.
El Tsunami en el Índico me ha hecho cambiar de planes. No por la tragedia humanitaria, que ha sido enorme, sino porque me he dado cuenta que me importaba muy poco que allí hubiesen muerto 150.000 personas (cifra provisional). Me importaba aproximadamente lo mismo que el cambio de entrenador del Real Madrid.
Seguí las noticias, guardé 3 minutos de silencio, y mandé un SMS con el texto “Ayuda” al 343 . Pero no sé si eso es suficiente o si debería ir acompañado de un sincero sentimiento de sobrecogimiento.
Esto me ha dejado algo preocupado. Mas si cabe porque siento una gran simpatía y afinidad por la zona afectada y por sus gentes.
No sé si este desinterés o insensibilidad mía se debe a que soy un auténtico animal, o se trata de un inconfesable sentimiento generalizado. Eso tendrás que confirmármelo tú.
Yo creo que se trata de algo generalizado y creo saber cuál es la causa. No se trata de una teoría mía, ya que yo no sería capaz de escribir una teoría sobre nada. Pero me he acordado de algo que leí de Erich Fromm (un tipo extraordinariamente lúcido) que quizás pueda darnos alguna pista.
Según Fromm, yo le creo, la sociedad ejerce sobre el individuo una presión que le transforma en un autómata que vive bajo la ilusión de ser un individuo dotado de libre albedrío. Yo iría más allá, diría que vive bajo “la ilusión de ser”, pero de eso hablaremos otro día.
El caso es que el hombre vive creyendo que sabe lo que quiere, aunque lo cierto es que la televisión, la radio, el cine y la prensa ejercen un efecto devastador en su capacidad de pensamiento crítico. Totalmente devastador.
Por ejemplo imaginemos la noticia del Tsunami, con la consiguiente muerte de miles de personas, interrumpida por anuncios de colonia, de juguetes, de coches, el avance de alguna película y la repetición de los mejores momentos de la televisión. La exposición reiterada a este tipo de información “sin importancia” interrumpiendo la información “con importancia” acabará destruyendo tu capacidad para diferenciar, "dejamos de excitarnos, nuestras emociones y nuestro juicio crítico se ven dificultados, y con el tiempo nuestra actitud con respecto a lo que ocurre en el mundo va tomando un carácter de indiferencia". La primera vez nos chocará la interrupción pero después de un millón de veces tanto la noticia como el anuncio tendrán la misma importancia, se acabará atrofiando nuestra conciencia crítica y nuestra capacidad de excitación y sorpresa. Ambas cosas serán una ficción.
Tal vez por eso los 150.000 muertos me parecen tan reales como los conflictos entre Kiko Matamoros y la secretaria de Carmina Ordóñez.
Al principio pensé que ante 150.000 cadáveres mi legaña radiactiva no tenía sentido. Después me di cuenta de algo: en la legaña estaba la salvación.
No en la legaña en sí, sino en los potenciales efectos que la legaña ejercía sobre mi consciencia. Aquella legaña abría una nueva ventana a la percepción, una vía de escape tangente a la línea recta de la realidad en la que me encontraba. La legaña me devolvía de nuevo a la tierra.
He tardado más de dos años en descubrir la esencia de aquella legaña. No se había posado en aquella cara y en aquel ojo por casualidad, sino para cumplir un cometido: abrir una brecha de consciencia; hacerme ver que una legaña puede transformarse en un poderoso instrumento de revolución.
Tal vez esto puede parecer una locura, pero no es una locura. No lo olvides. Aprende a descubrir las legañas que te encuentres en el camino. Tal vez alguna de ellas pueda salvarte.
Con cariño,
Carlos
domingo, 25 de mayo de 2008
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