[Extraído de G. S. Brown, Laws of form, George Allen and Unwin LTD, Londres, 1969, págs. 104-105]
“Vamos a considerar, por un momento, el mundo tal como lo describe el físico. Consiste en un número de partículas fundamentales las cuales, lanzadas a través de su propio espacio, aparecen como ondas, y están dotadas, de la misma estructura laminada como perlas o cebollas, y otras ondas llamadas electromagnéticas que es conveniente considerar, según la norma de Occam, como viajando a través del espacio a velocidad constante, todas éstas parecen estar unidas entre sí por ciertas leyes naturales que indican la forma de su relación.
Ahora bien, el propio físico, que describe todo esto, según su punto de vista, está construido él mismo de igual manera. Es, dicho en forma breve, una conglomeración de partículas que describe, ni más ni menos, vinculadas entre sí y regidas por las mismas leyes generales que él mismo ha conseguido encontrar y definir.
Por consiguiente, no podemos escapar del hecho de que el mundo que conocemos está construido en orden (y por tanto el ser capaz) de verse a sí mismo.
Esto es increíble.
No tanto por lo que se ve, que ya de por sí puede parecer demasiado fantástico, sino en lo que respecta al hecho de que sea capaz de ver.
Pero, en orden a conseguirlo, evidentemente, debe primero dividirse a sí mismo en por lo menos un estado que ve y por lo menos otro estado que es visto. En dicha condición desunida y mutilada lo que ve es sólo parcialmente sí mismo. Podemos señalar que el mundo es indudablemente sí mismo (es decir, es indistinto de sí mismo) pero, en un intento de verse a sí mismo como un objeto, debe inexorablemente soportar una distinción de sí mismo y por lo tanto falso consigo mismo. En esta condición siempre se eludirá parcialmente a sí mismo”
jueves, 29 de mayo de 2008
En busca de seguridad en un mundo hostil (Zygmunt Bauman)
“Echamos en falta la comunidad porque echamos en falta la seguridad, una cualidad crucial para una vida feliz, pero una cualidad que el mundo que habitamos cada vez es menos capaz de ofrecer e incluso más reacio a prometer. Pero la comunidad sigue echándose en falta tenazmente, elude nuestra aprehensión o sigue desmoronándose, porque la forma en la que este mundo nos incita a cumplir nuestros sueños de una vida segura no nos acerca a su cumplimiento: en vez de mitigarse, nuestra inseguridad aumenta a medida que seguimos adelante, de modo que continuamos soñando, intentándolo y fracasando.”
“Confiar en que el estado, debidamente interpelado y presionado, haga algo tangible para mitigar la inseguridad de la existencia no es mucho más realista que la esperanza de acabar con la sequía mediante la danza de la lluvia. (...) Allí donde ha fracasado el estado, quizá la comunidad, la comunidad local, la comunidad físicamente tangible, material, una comunidad encarnada en un territorio habitado por sus miembros y por nadie más (nadie que no pertenezca a ella) provea el sentimiento de seguridad que el mundo, en sentido más amplio, evidentemente conspira en destruir.”
“La inseguridad nos afecta a todos, inmersos como estamos en un mundo fluido e impredecible de desregulación, flexibilidad, competitividad e incertidumbre endémicas, pero cada uno de nosotros sufre ansiedad por sí solo, como un problema privado, como un resultado de fracasos personales y como un desafío a su savoir-faire y agilidad privadas. Se nos pide, como ha observado ácidamente Ulrich Beck, que busquemos soluciones biográficas a contradicciones sistémicas; buscamos la salvación individual de problemas compartidos. Es improbable que esa estrategia logre los resultados que buscamos, puesto que deja intactas las raíces de la inseguridad; además, es precisamente ese recurso de nuestro ingenio lo que introduce en el mundo la inseguridad de la que queremos escapar.”
"Todos somos interdependientes en este mundo nuestro, en rápido proceso de globalización, y debido a esta interdependencia ninguno de nosotros puede ser dueño de su destino por sí solo. Hay cometidos a los que se enfrenta cada individuo que no pueden abordarse ni tratarse individualmente. Todo lo que nos separe y nos impulse a mantener nuestra distancia mutua, a trazar esas fronteras y a construir barricadas, hace el desempeño de esos cometidos más difícil. Todos necesitamos tomar el control sobre las condiciones en las que luchamos con los desafíos de la vida, pero para la mayoría de nosotros, ese control sólo puede lograrse colectivamente.
Aquí, en la ejecución de esos cometidos, es donde más se echa en falta la comunidad; pero es también aquí, para variar, donde está la oportunidad de que la comunidad deje de echarse en falta. Si ha de existir una comunidad en un mundo de individuos, sólo puede ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a partir del compartir y del cuidado mutuo; una comunidad que atienda a y se responsabilice de la igualdad del derecho a ser humanos y de la igualdad de posibilidades para ejercer ese derecho."
“Confiar en que el estado, debidamente interpelado y presionado, haga algo tangible para mitigar la inseguridad de la existencia no es mucho más realista que la esperanza de acabar con la sequía mediante la danza de la lluvia. (...) Allí donde ha fracasado el estado, quizá la comunidad, la comunidad local, la comunidad físicamente tangible, material, una comunidad encarnada en un territorio habitado por sus miembros y por nadie más (nadie que no pertenezca a ella) provea el sentimiento de seguridad que el mundo, en sentido más amplio, evidentemente conspira en destruir.”
“La inseguridad nos afecta a todos, inmersos como estamos en un mundo fluido e impredecible de desregulación, flexibilidad, competitividad e incertidumbre endémicas, pero cada uno de nosotros sufre ansiedad por sí solo, como un problema privado, como un resultado de fracasos personales y como un desafío a su savoir-faire y agilidad privadas. Se nos pide, como ha observado ácidamente Ulrich Beck, que busquemos soluciones biográficas a contradicciones sistémicas; buscamos la salvación individual de problemas compartidos. Es improbable que esa estrategia logre los resultados que buscamos, puesto que deja intactas las raíces de la inseguridad; además, es precisamente ese recurso de nuestro ingenio lo que introduce en el mundo la inseguridad de la que queremos escapar.”
"Todos somos interdependientes en este mundo nuestro, en rápido proceso de globalización, y debido a esta interdependencia ninguno de nosotros puede ser dueño de su destino por sí solo. Hay cometidos a los que se enfrenta cada individuo que no pueden abordarse ni tratarse individualmente. Todo lo que nos separe y nos impulse a mantener nuestra distancia mutua, a trazar esas fronteras y a construir barricadas, hace el desempeño de esos cometidos más difícil. Todos necesitamos tomar el control sobre las condiciones en las que luchamos con los desafíos de la vida, pero para la mayoría de nosotros, ese control sólo puede lograrse colectivamente.
Aquí, en la ejecución de esos cometidos, es donde más se echa en falta la comunidad; pero es también aquí, para variar, donde está la oportunidad de que la comunidad deje de echarse en falta. Si ha de existir una comunidad en un mundo de individuos, sólo puede ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a partir del compartir y del cuidado mutuo; una comunidad que atienda a y se responsabilice de la igualdad del derecho a ser humanos y de la igualdad de posibilidades para ejercer ese derecho."
domingo, 25 de mayo de 2008
La legaña radiactiva
{Escrito con motivo del Tsunami en el Índico, nº 10 de Vicaro}
“Nunca había visto una legaña semejante, y dudo que vuelva a encontrarme una igual. Lo extraño en ella no era el tamaño, que era mayúsculo, sino la pigmentación. Era completamente blanca. De un blanco eléctrico, radiactivo.
El portador de la legaña era un recién conocido en aquel entonces, y un viejo amigo ahora. Me ahorro el nombre porque aunque no habla español y no entendería lo que escribo, es un tipo que, al igual que yo, invierte parte de su tiempo en buscarse a sí mismo en Internet.
Aquella mañana estábamos en una universidad inglesa y yo le explicaba algo, tratando en vano que su legaña no capturase toda mi atención. Me imaginaba aquella legaña con boca y ojos, susurrándome... ‘Carlos… Carlos…’ Es difícil centrarse en algo cuando una legaña te habla, créeme, y más tratándose de una legaña de tan extraordinarias características.”
Así comenzaba el relato que había empezado a escribir para este número, una nueva historia autobiográfica de aventuras :) que probablemente nunca vea la luz, para alegría y regocijo de la gente a la que obligo a leer lo que escribo.
El Tsunami en el Índico me ha hecho cambiar de planes. No por la tragedia humanitaria, que ha sido enorme, sino porque me he dado cuenta que me importaba muy poco que allí hubiesen muerto 150.000 personas (cifra provisional). Me importaba aproximadamente lo mismo que el cambio de entrenador del Real Madrid.
Seguí las noticias, guardé 3 minutos de silencio, y mandé un SMS con el texto “Ayuda” al 343 . Pero no sé si eso es suficiente o si debería ir acompañado de un sincero sentimiento de sobrecogimiento.
Esto me ha dejado algo preocupado. Mas si cabe porque siento una gran simpatía y afinidad por la zona afectada y por sus gentes.
No sé si este desinterés o insensibilidad mía se debe a que soy un auténtico animal, o se trata de un inconfesable sentimiento generalizado. Eso tendrás que confirmármelo tú.
Yo creo que se trata de algo generalizado y creo saber cuál es la causa. No se trata de una teoría mía, ya que yo no sería capaz de escribir una teoría sobre nada. Pero me he acordado de algo que leí de Erich Fromm (un tipo extraordinariamente lúcido) que quizás pueda darnos alguna pista.
Según Fromm, yo le creo, la sociedad ejerce sobre el individuo una presión que le transforma en un autómata que vive bajo la ilusión de ser un individuo dotado de libre albedrío. Yo iría más allá, diría que vive bajo “la ilusión de ser”, pero de eso hablaremos otro día.
El caso es que el hombre vive creyendo que sabe lo que quiere, aunque lo cierto es que la televisión, la radio, el cine y la prensa ejercen un efecto devastador en su capacidad de pensamiento crítico. Totalmente devastador.
Por ejemplo imaginemos la noticia del Tsunami, con la consiguiente muerte de miles de personas, interrumpida por anuncios de colonia, de juguetes, de coches, el avance de alguna película y la repetición de los mejores momentos de la televisión. La exposición reiterada a este tipo de información “sin importancia” interrumpiendo la información “con importancia” acabará destruyendo tu capacidad para diferenciar, "dejamos de excitarnos, nuestras emociones y nuestro juicio crítico se ven dificultados, y con el tiempo nuestra actitud con respecto a lo que ocurre en el mundo va tomando un carácter de indiferencia". La primera vez nos chocará la interrupción pero después de un millón de veces tanto la noticia como el anuncio tendrán la misma importancia, se acabará atrofiando nuestra conciencia crítica y nuestra capacidad de excitación y sorpresa. Ambas cosas serán una ficción.
Tal vez por eso los 150.000 muertos me parecen tan reales como los conflictos entre Kiko Matamoros y la secretaria de Carmina Ordóñez.
Al principio pensé que ante 150.000 cadáveres mi legaña radiactiva no tenía sentido. Después me di cuenta de algo: en la legaña estaba la salvación.
No en la legaña en sí, sino en los potenciales efectos que la legaña ejercía sobre mi consciencia. Aquella legaña abría una nueva ventana a la percepción, una vía de escape tangente a la línea recta de la realidad en la que me encontraba. La legaña me devolvía de nuevo a la tierra.
He tardado más de dos años en descubrir la esencia de aquella legaña. No se había posado en aquella cara y en aquel ojo por casualidad, sino para cumplir un cometido: abrir una brecha de consciencia; hacerme ver que una legaña puede transformarse en un poderoso instrumento de revolución.
Tal vez esto puede parecer una locura, pero no es una locura. No lo olvides. Aprende a descubrir las legañas que te encuentres en el camino. Tal vez alguna de ellas pueda salvarte.
Con cariño,
Carlos
“Nunca había visto una legaña semejante, y dudo que vuelva a encontrarme una igual. Lo extraño en ella no era el tamaño, que era mayúsculo, sino la pigmentación. Era completamente blanca. De un blanco eléctrico, radiactivo.
El portador de la legaña era un recién conocido en aquel entonces, y un viejo amigo ahora. Me ahorro el nombre porque aunque no habla español y no entendería lo que escribo, es un tipo que, al igual que yo, invierte parte de su tiempo en buscarse a sí mismo en Internet.
Aquella mañana estábamos en una universidad inglesa y yo le explicaba algo, tratando en vano que su legaña no capturase toda mi atención. Me imaginaba aquella legaña con boca y ojos, susurrándome... ‘Carlos… Carlos…’ Es difícil centrarse en algo cuando una legaña te habla, créeme, y más tratándose de una legaña de tan extraordinarias características.”
Así comenzaba el relato que había empezado a escribir para este número, una nueva historia autobiográfica de aventuras :) que probablemente nunca vea la luz, para alegría y regocijo de la gente a la que obligo a leer lo que escribo.
El Tsunami en el Índico me ha hecho cambiar de planes. No por la tragedia humanitaria, que ha sido enorme, sino porque me he dado cuenta que me importaba muy poco que allí hubiesen muerto 150.000 personas (cifra provisional). Me importaba aproximadamente lo mismo que el cambio de entrenador del Real Madrid.
Seguí las noticias, guardé 3 minutos de silencio, y mandé un SMS con el texto “Ayuda” al 343 . Pero no sé si eso es suficiente o si debería ir acompañado de un sincero sentimiento de sobrecogimiento.
Esto me ha dejado algo preocupado. Mas si cabe porque siento una gran simpatía y afinidad por la zona afectada y por sus gentes.
No sé si este desinterés o insensibilidad mía se debe a que soy un auténtico animal, o se trata de un inconfesable sentimiento generalizado. Eso tendrás que confirmármelo tú.
Yo creo que se trata de algo generalizado y creo saber cuál es la causa. No se trata de una teoría mía, ya que yo no sería capaz de escribir una teoría sobre nada. Pero me he acordado de algo que leí de Erich Fromm (un tipo extraordinariamente lúcido) que quizás pueda darnos alguna pista.
Según Fromm, yo le creo, la sociedad ejerce sobre el individuo una presión que le transforma en un autómata que vive bajo la ilusión de ser un individuo dotado de libre albedrío. Yo iría más allá, diría que vive bajo “la ilusión de ser”, pero de eso hablaremos otro día.
El caso es que el hombre vive creyendo que sabe lo que quiere, aunque lo cierto es que la televisión, la radio, el cine y la prensa ejercen un efecto devastador en su capacidad de pensamiento crítico. Totalmente devastador.
Por ejemplo imaginemos la noticia del Tsunami, con la consiguiente muerte de miles de personas, interrumpida por anuncios de colonia, de juguetes, de coches, el avance de alguna película y la repetición de los mejores momentos de la televisión. La exposición reiterada a este tipo de información “sin importancia” interrumpiendo la información “con importancia” acabará destruyendo tu capacidad para diferenciar, "dejamos de excitarnos, nuestras emociones y nuestro juicio crítico se ven dificultados, y con el tiempo nuestra actitud con respecto a lo que ocurre en el mundo va tomando un carácter de indiferencia". La primera vez nos chocará la interrupción pero después de un millón de veces tanto la noticia como el anuncio tendrán la misma importancia, se acabará atrofiando nuestra conciencia crítica y nuestra capacidad de excitación y sorpresa. Ambas cosas serán una ficción.
Tal vez por eso los 150.000 muertos me parecen tan reales como los conflictos entre Kiko Matamoros y la secretaria de Carmina Ordóñez.
Al principio pensé que ante 150.000 cadáveres mi legaña radiactiva no tenía sentido. Después me di cuenta de algo: en la legaña estaba la salvación.
No en la legaña en sí, sino en los potenciales efectos que la legaña ejercía sobre mi consciencia. Aquella legaña abría una nueva ventana a la percepción, una vía de escape tangente a la línea recta de la realidad en la que me encontraba. La legaña me devolvía de nuevo a la tierra.
He tardado más de dos años en descubrir la esencia de aquella legaña. No se había posado en aquella cara y en aquel ojo por casualidad, sino para cumplir un cometido: abrir una brecha de consciencia; hacerme ver que una legaña puede transformarse en un poderoso instrumento de revolución.
Tal vez esto puede parecer una locura, pero no es una locura. No lo olvides. Aprende a descubrir las legañas que te encuentres en el camino. Tal vez alguna de ellas pueda salvarte.
Con cariño,
Carlos
El geranio inmortal
Aquel día salíamos de “El final” después de tomarnos quince o veinte té’s. El té era nuestro, lo llevábamos en un bote y nos echábamos cucharadas en vasos de agua caliente que Pepa nos cobraba de vez en cuando. Los clientes del bar miraban el bote con curiosidad. Debían pensar que aquella hierba del bote era alguna droga que consumíamos con regularidad.
En la puerta, todavía con cachos de hierbajos de té pegados entre los dientes, Vicente soltó una reflexión de esas que sólo un genio como él es capaz de soltar, y que el intelecto de uno tarda años en asimilar. Si es que lo hace alguna vez.
Dijo Vicente: “Tío, con los avances de la clonación, en el futuro será posible hacer un clon de ti mismo y así evitar la muerte. Si tienes una enfermedad, sólo necesitas crear un clon tuyo sin ella y si tú te mueres queda tu clon. Seremos inmortales.”
Yo, desde mi ignorancia le contesté: “Amigo, tu clon será igual que tú, pero no serás tú. Será una copia de ti, pero lo que tú eres es intransferible. Si la pinchas, lo único que tienes garantizado es que habrá otro tío igual que tú, pero no podrás continuar tu vida en él.”
Vicente, al escuchar esto, se quedó serio durante unos segundos. En aquel momento pensé que se había dado cuenta de que su reflexión era estúpida. Pero ahora, mirándolo con perspectiva, tengo mis dudas. Quizás estaba triste porque yo no había comprendido con profundidad el sentido de su reflexión :-)
Hoy creo entenderlo mejor, aunque seguramente necesite unos cuantos años mas para comprenderlo por completo.
Me di cuenta el otro día.
Resulta que hace un año, en un viaje a Sevilla, cogimos un trozo de un geranio y lo plantamos en casa. Y brotó.
Llevo un tiempo pensando en cortar otro trozo del geranio, para plantarlo en otra maceta y tener así otro ejemplar, digamos que una copia de seguridad. No me gustaría que se secara y quedarme sin él.
Este pensamiento hizo que me asaltara una duda existencial: si corto un trozo del geranio, lo transplanto y crece, y en un futuro se muere el brote de geranio que traje de Sevilla, ¿se habrá muerto “el geranio de Sevilla”?
Estaba ahí, con el comecome de mi duda, y pensé que debía compartirla con alguien. Así que pregunté a Natalia: “Natalia, si cortamos un trozo del geranio de Sevilla, lo plantamos en otra maceta y agarra, y después se muere el geranio original… ¿dirías que se ha muerto el geranio de Sevilla?”
Su respuesta fue contundente: No.
Yo también creía que no.
Entonces me di cuenta de que ni siquiera estaba seguro de que el geranio sevillano del que cogí mi brote inicial fuera el geranio original. Tal vez era una copia de una copia, un brote de un brote de otro brote. Puede que el original muriera ya hace años, y puede que ni siquiera fuera de Sevilla. Lo mismo el original era de Murcia y había otro en su casa trasplantándolo de un lado a otro para que “el geranio de Murcia” no se le muriera.
Este sinsentido me hizo darme cuenta de que el geranio de Sevilla era inmortal porque nunca nació ni existió en realidad, más allá de en mi necesidad de darle un nombre.
Y entonces creí entender algo, de manera difusa, subliminal. Y después volví a no entender nada.
Puede que te parezca una locura, pero tengo la sensación de que me queda mucho que aprender de ese geranio. Si lo hago te lo contaré desde este lugar mágico y entrañable que nos conecta hace tiempo,
Con cariño,
Carlos
En la puerta, todavía con cachos de hierbajos de té pegados entre los dientes, Vicente soltó una reflexión de esas que sólo un genio como él es capaz de soltar, y que el intelecto de uno tarda años en asimilar. Si es que lo hace alguna vez.
Dijo Vicente: “Tío, con los avances de la clonación, en el futuro será posible hacer un clon de ti mismo y así evitar la muerte. Si tienes una enfermedad, sólo necesitas crear un clon tuyo sin ella y si tú te mueres queda tu clon. Seremos inmortales.”
Yo, desde mi ignorancia le contesté: “Amigo, tu clon será igual que tú, pero no serás tú. Será una copia de ti, pero lo que tú eres es intransferible. Si la pinchas, lo único que tienes garantizado es que habrá otro tío igual que tú, pero no podrás continuar tu vida en él.”
Vicente, al escuchar esto, se quedó serio durante unos segundos. En aquel momento pensé que se había dado cuenta de que su reflexión era estúpida. Pero ahora, mirándolo con perspectiva, tengo mis dudas. Quizás estaba triste porque yo no había comprendido con profundidad el sentido de su reflexión :-)
Hoy creo entenderlo mejor, aunque seguramente necesite unos cuantos años mas para comprenderlo por completo.
Me di cuenta el otro día.
Resulta que hace un año, en un viaje a Sevilla, cogimos un trozo de un geranio y lo plantamos en casa. Y brotó.
Llevo un tiempo pensando en cortar otro trozo del geranio, para plantarlo en otra maceta y tener así otro ejemplar, digamos que una copia de seguridad. No me gustaría que se secara y quedarme sin él.
Este pensamiento hizo que me asaltara una duda existencial: si corto un trozo del geranio, lo transplanto y crece, y en un futuro se muere el brote de geranio que traje de Sevilla, ¿se habrá muerto “el geranio de Sevilla”?
Estaba ahí, con el comecome de mi duda, y pensé que debía compartirla con alguien. Así que pregunté a Natalia: “Natalia, si cortamos un trozo del geranio de Sevilla, lo plantamos en otra maceta y agarra, y después se muere el geranio original… ¿dirías que se ha muerto el geranio de Sevilla?”
Su respuesta fue contundente: No.
Yo también creía que no.
Entonces me di cuenta de que ni siquiera estaba seguro de que el geranio sevillano del que cogí mi brote inicial fuera el geranio original. Tal vez era una copia de una copia, un brote de un brote de otro brote. Puede que el original muriera ya hace años, y puede que ni siquiera fuera de Sevilla. Lo mismo el original era de Murcia y había otro en su casa trasplantándolo de un lado a otro para que “el geranio de Murcia” no se le muriera.
Este sinsentido me hizo darme cuenta de que el geranio de Sevilla era inmortal porque nunca nació ni existió en realidad, más allá de en mi necesidad de darle un nombre.
Y entonces creí entender algo, de manera difusa, subliminal. Y después volví a no entender nada.
Puede que te parezca una locura, pero tengo la sensación de que me queda mucho que aprender de ese geranio. Si lo hago te lo contaré desde este lugar mágico y entrañable que nos conecta hace tiempo,
Con cariño,
Carlos
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