Quisiera detenerme, pero no puedo: me río hasta las lágrimas.
- Está usted alegre señor - me dice el Autodidacto con aire circunspecto.
- Es que pienso - le digo riendo - que estamos aquí, comiendo y bebiendo para conservar nuestra preciosa existencia, y no hay nada, nada, ninguna razón para existir.
El autodidacta se ha puesto grave. Hace un esfuerzo para comprenderme. Me reí demasiado fuerte; he visto que varias cabezas se volvían hacía mi. Y además lamento haber dicho tanto. Después de todo a nadie le interesa.
Repite lentamente:
- Ninguna razón para existir ¿Quiere usted decir, señor, que la vida no tiene objeto? ¿No es eso lo que llaman pesimismo?
lunes, 16 de julio de 2007
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